martes, 26 de junio de 2012

Te extraño

Te extraño, no sé si a ti, o a quien yo creí que eras. Extraño tu fija mirada en mí, el fuego de tus ojos incendiando cada espacio de mi ser, y los besos con las miradas clandestinas que me elevaban a la estratósfera a un lugar lejos de este mundo, a otra realidad, a la auténtica quizás, donde tú no te alejas de mí jamás y yo soy inmortal.
Extraño la manera en que tratabas de tranquilizarme cuando mi volcán estaba a punto de estallar y cómo olvidar tu sonrisa dulce y burlona al ver mi rostro completamente transfigurado por el enojo, era único, era perfecto. Extraño nuestras discusiones, realmente infantiles y sin sentido, cual dos enamorados que disfrutan de molestar al otro sólo porque adoran ver sus expresiones de disgusto.
Extraño tus locuras, esas que lograban dibujar mil sonrisas en mi rostro, haciendo que mis esfuerzos por ser seria contigo resultaran absolutamente inútiles.
Extraño tus manos anhelando rozar las mías o mi cintura, y yo ágilmente esquivándolas, era un juego y ambos lo disfrutábamos.
Tengo la seguridad de que algún día, no sé cómo ni cuándo, mucho menos el por qué, nos volveremos a ver y no haré otra cosa que abrazarte, y no soltarte nunca más.
Eres imperfectamente perfecto para mí, por eso te confieso que te extraño, porque no encontraré a nadie como tú y te buscaré en cada mirada distante en la calle con la esperanza de que seas tú, el de siempre; y debo confesarte también que no es que no pueda olvidarte, es que no quiero.

viernes, 1 de junio de 2012

Nuestro tiempo

Hoy debo confesar que la nostalgia invadió cada milímetro de mi ser, quizás el saber que es el último año que sentiré en el ambiente y respiraré la algarabía de las más pequeñas en el colegio celebrando su día, tal cual yo solía hacerlo algunos años atrás. Es difícil ver como el tiempo pasa y no se detiene, te vas arrastrando como mareas agresivas que intentan sumergirte hasta el fondo del océano y te rehúsas con todas tus fuerzas, pero el esfuerzo es definitivamente inútil.
Hoy me senté en una de aquellas bancas de madera de color café esas que conozco desde el primer día que pisé aquel colegio, me detuve a observar mi entorno como no solía hacerlo hace algún tiempo, y vi niñas vestidas de rosado, de lila, de aquellos colores que evocan la infancia y su alegría, aquella vitalidad característica y envidiada por los que el tiempo les está cobrando cuentas. Vi su emoción, las vi correr, saltar, gritar, cantar al unísono las canciones de Justin Bieber, la euforia que provocaba en ellas ver a alguien que imitaba a su ídolo infantil. Recordé claramente mis días de ilusiones infantiles en aquel mismo lugar, desde que tuve 5 años, fue como una película en la que me veía a mí misma en las diferentes etapas que he vivido ahí y una extraña tristeza recorrió mi ser al saber que era el último año que pasaría ahí, que usaría ese uniforme y me pregunté si realmente hice o hago todo lo que quiero hacer, y creo que la respuesta fue no, definitivamente hay muchas cosas que me faltan hacer.
En este momento escucho Payphone, la nueva canción de Maroon 5, y los recuerdos bombardean mi mente, no solamente esos de mi infancia, sino también los del mejor tiempo de mi vida: Mi adolescencia, inolvidable etapa, llena de ilusiones, decepciones, risas, lágrimas, ligero estrés del comienzo de una nueva vida cargada de responsabilidades, en fin son tantas cosas. Hablar de mi colegio siempre devolverá a mi mente aquellos recuerdos, hermosos y amargos, el amor de una quinceañera que despierta a la vida, los juegos infantiles, el helado en la mano con mi papá agarrándome de la otra caminando entre los árboles y la capilla, el abrazo de la más amorosa madre el primer día de clases con mis ojos vidriosos, las miradas furtivas de dos amantes que jamás pudieron ser, la complicidad de una linda amistad, los secretos, las actividades que nos dejaron alguna vez en ridículo, el hombro de una amiga que se llenó de lágrimas cuando un reconocimiento académico parecía alejarse de mi vida, en fin son tantas cosas que quisiera fuesen eternas y dejarlas congeladas por siempre, pero ¿cómo hacerlo? Lamentablemente sé que es imposible y nuestro tiempo se va, nos arroja a una nueva galaxia con distintos mundos por descubrir y explorar.
Yo solía ser como aquellas niñas, pero la vida te obliga a ser más fría, más seria y así continuará, y una parte de mí no quiere que avance el tiempo quiere regresar a la inconsciencia infantil, no quiere enfrentarse al nuevo monstruo que está por conocer, no quiero alejarme de ese lugar que me vio crecer y dejar atrás definitivamente todos los recuerdos. Sin embargo, estoy segura de que el día que me vaya, dejaré encerrada mi esencia en esas paredes, y sé que en algún tiempo, en algún lugar del pasado sigue todo ahí congelado, latente, continúo con las personas que quisé y que aún quiero, sigo riéndome con aquella compañera que imitaba a algún profesor divirtiéndonos a todas, y continúo hablando de él.
Ahora sé que no queda más que la resignación, mi infancia se fue, la niñez también y la adolescencia, la mejor etapa, va por el mismo camino, pero todas ellas conforman el mayor tesoro de un ser humano y lo único verdadero que nos llevamos durante nuestro paso por este mundo y es: Los recuerdos.
Solamente me queda decirles que disfruten cada día de su vida, amen sinceramente y sin condición, aprovechen cada segundo como si fuera el último, no busquen la felicidad, ella vive en nosotros y está conformada por esas pequeñas alegrías que a veces consideramos insignificantes y recuerden que hasta el momento que consideran más funesto en su vida trae una enseñanza o de él nace algo positivo. Recuerden lo bueno y olviden lo malo, así se vive mejor, sólo de esta manera encuentran paz y la verdadera felicidad, pero sobre todo hagan lo que quieran, cuando quieran y como quieran, siempre a su manera.
Empiezan a abrirse nuevos horizontes en mi vida, saldré a encontrar mi destino y recorrer cada camino, buscando el más difícil para que sea más grato el arribo.




Yes, it was my way.


martes, 20 de marzo de 2012

Después de la muerte

Morí hace algún tiempo atrás, lo que equivaldría a cinco años terrenales, que desde donde yo estoy no son nada, porque aquí no existe el tiempo.
Camino por un largo sendero blanco, hermosas flores lo adornan, son de todo tipo, tamaño y color. No me quejo de este lugar, pero no hay paz absoluta, y no es donde quiero estar, todos los que caminamos por aquí tenemos un "asunto pendiente" que no nos permite llegar a ese espacio soñado que está detrás del gran portón dorado, donde encontraremos sosiego eterno y nada inquietará nuestras almas.
Ahora bien, mi "asunto pendiente" tiene nombre, es mi amado esposo Roberto, nunca quise dejarlo pero la muerte me ganó, no estaba en mis planes esto, yo quería vivir a su lado y morir cuando ya tengamos nietos, en el ocaso de la vida como es normal, pero así es el destino, perverso y destructor de sueños.
Se me ha concedido visitarlo y solucionar todo aquello que deje pendiente, hicieron una excepción conmigo y esto fue gracias a que durante mi vida en la tierra procuré hacer las cosas bien y en beneficio de los demás.
Son las dos de la madrugada y soy incorpórea, como si fuera parte del viento, tengo impregnado el olor a rosas y la túnica blanca que me entregaron cuando llegué, el cabello suelto y frondoso, pero mi mirada sigue siendo la misma y mi amor por Roberto no ha muerto.
— ¡Ahí está mi amado! Duerme como un niño recién nacido —exclamé y suspiré.
Ahí estaba dormido, sin imaginar que yo estaba observándolo, como solía hacer cada noche, velando sus sueños. Me acosté de mi lado de la cama, que por suerte estaba libre, no hice ruido alguno, fui lo más sigilosa posible, sonreí al ver que seguía durmiendo de la misma manera con su mano debajo de su mejilla, con aquella ligera sonrisa, y un suave ronquido. No podía creer que estuviera ahí de nuevo junto a él, acaricié su rostro, aunque claro no lo sintió porque soy sólo un espíritu.
De repente empezó a mover un poco su nariz como cuando olía algo, quizás fue el intenso aroma a rosas que lo inquietó, entonces lentamente fue abriendo los ojos, aquellos ojos que aún me hacen delirar, y apenas los abrió por completo dio un salto y casi cae de la cama, luego del "shock", empezó a derramar un par de lágrimas, mientras se dibujaba una enorme sonrisa en su rostro.
— ¡¿Eres tú?! —se acercó lentamente— ¡Cristina! ¡Mi amor! —no paraba de reír y llorar.
- Sí, soy yo, la Cristina de siempre, tu esposa. —le contesté con dulzura, mientras lo miraba fijamente a los ojos.
— Amor mío, te he extrañado tanto, la vida ha sido muy difícil sin ti —suspiró— Dime, ¿Cómo así  has venido a visitarme?
— ¿Acaso no te alegra que esté aquí?
— Claro que me alegra amor, ¿Por qué preguntas eso?
— Porque me pareció que no te agradaba mucho la idea de que esté aquí.
— ¡¿Qué?! —soltó unas cuantas carcajadas— Ay amor, sigues tergiversando lo que digo —No paraba de reír.
— Sí, sigo siendo la misma, la muerte sólo me alejó de mi cuerpo, pero mi esencia es la misma.
— Pues me alegro, porque fue de esa esencia de la cual me enamoré y sabes perfectamente que es así.
— Sí, pero ahora tú quieres a alguien más ¿no?— bajé la mirada.
— No, tú sabes que nadie jamás ocupará tu lugar.
— ¿Y la joven de tu trabajo?
— Estefanía es una gran amiga, ella siente algo por mí y me atrae, pero jamás amaré a nadie como te amo a ti y lo sabes.
— No creo lo que me dices.
— Pues que mal, siempre fuiste un tanto desconfiada, mas lo que te digo es verdad, a ti nunca te mentí, ni te mentiré.
— Mmm... Esta bien, como tú digas.
— Amo cuando te pones celosa, ¿sabías? Amo tu ceño fruncido, tu mirada se transforma en su totalidad, tus respuestas son una serie de monosílabos mientras te entretienes mirando a cualquier otro lugar menos a mí.
— Pero, ¿Quién está celosa aquí? Tú tienes derecho a rehacer tu vida, jamás me opondré mi amor, debes buscar tu felicidad.
— Aunque no lo quieras admitir estás celosa y ambos lo sabemos. Quizás tengas razón, pero siento que no sería lo más justo con la otra persona porque no le ofrecería aquel amor verdadero, pues ese sólo te pertenece a ti.
— Está bien, como tú quieras, sólo anhelo tu felicidad.
— Amor, la vida se volvió gris desde que te fuiste, pero tu recuerdo y las cosas maravillosas que vivimos me dan la fortaleza para seguir caminando.
— Recuérdame, pero tienes que rehacer tu vida... Yo te estaré esperando, siempre, por toda la eternidad.
— Está bien, te prometo que lo intentaré, sólo porque tú me lo pides, además pienso que Estefanía es una buena mujer, cierto?
— Así es, mi amor.
Ambos nos miramos con el mismo amor de siempre, nos besamos, aunque no podría ser totalmente real, siendo yo un simple espíritu y él atrapado en aquel cuerpo mortal con el que compartí las horas más felices de mi vida.
Una vez más le supliqué que rehiciera su vida y que no renuncie al amor, ni a las nuevas oportunidades que le daba la vida. Él acarició ligeramente mi fantasmal mejilla, mientras yo me volvía a perder en su mirada como lo primera vez que lo vi.
Dicho todo esto, el aroma a rosas volvió encenderse dentro de la habitación, era intenso, celestial. Era hora de regresar, con la diferencia de que ya había resuelto mis "asuntos pedientes" y podría alcanzar la paz que mi alma anhelaba.
Alguna extraña fuerza me apartó de mi amor, nos dijimos lo mismo que nos decimos siempre: Hasta luego, mi cielo.
Mientras estuve viva te amé, ahora aún después de la muerte te sigo amando Roberto... Hasta luego, mi cielo, en cada lluvia me encontrarás y no olvides que Bóreas, Euro, Noto y Céfiro siempre te hablarán de mí. Recuerda no es un adiós, es un... Hasta luego.

viernes, 17 de febrero de 2012

Búscame en el viento

Búscame en cada luna llena, porque como ella, estaré para iluminar aquellos momentos en los cuales la oscuridad se apodera de tu vida.
Búscame en el viento, porque es la única forma que encuentro para acariciar tu rostro.
Búscame en tus recuerdos, donde sé que vivo y no permitas jamás que me alcance el olvido, haciéndome su víctima.
Búscame en la fría lluvia de noviembre, para revivir el escenario en el que nos conocimos, aquel sábado de la tercera semana de noviembre en una tarde lluviosa y extremadamente fría. Cada gota encierra mi esencia y esa parte especial de nuestras vidas.
Búscame en aquella cafetería de la quinta avenida, para que el aroma del café me lleve a tu memoria nuevamente y te traslades al momento especial en el que tus labios tocaron los míos por primera vez.
Búscame en la radio, hasta encontrar esa nuestra canción, con la que nos enamorábamos más y bailábamos hasta morir.
Búscame en los latidos de tu corazón, pues yo vivo en él y cada uno te dice que te ama.
Búscame en nuestra fotografía, lamentablemente la única, pues las demás permanecen grabadas en nuestros corazones y no sufrirán el paso del tiempo, la posible destrucción o pérdida.
Por último, búscame en tus pensamientos. Sí, en alguna mañana sombría de abril, cuando la nostalgia me regrese a tu mente, cuando inexplicablemente me recuerdes, ahí me encontrarás, porque probablemente yo estoy evocando los maravillosos y efímeros momentos que viví contigo.
Pues sí, contigo descubrí la verdadera felicidad, pero también supe que puede ser efímera, que nos puede abandonar muy pronto, dejándonos en el rincón oscuro de la soledad, pero nunca en el olvido. Cuando esta felicidad se vivió como se debía, permanece en la memoria por siempre, jamás muere su recuerdo y ocasiona una enorme nostalgia en el futuro.
Búscame, nunca dejes de hacerlo, así como yo te busco en la calle, en los árboles, en el sol, en lo más sencillo, en lo sublime, en lo grandioso; vamos a buscarnos, para ver si conseguimos la piedad de las nornas y unen los hilos de nuestras vidas nuevamente.
Sin más que decir, ni más que suplicar, búscame.

lunes, 23 de enero de 2012

La playa de mi vida

Y todo comenzó no hace mucho, hace no más de 50 años, sí 50 años que son tan pocos comparados con lo que puede durar el amor, una eternidad.
Hace 50 años te conocí en esta playa, nuestra playa, era un hermoso atardecer de verano, el sol empezaba su camino para ocultarse detrás del horizonte, el cielo se tornaba de un naranja intenso, una suave brisa tocaba los cuerpos que caminaban en la cálida arena, y la dulce melodía de las olas.
En aquel paradisíaco paisaje estabas tú, te vi y automáticamente desaparecieron las escasas personas que estaban alrededor, me enfoqué en tus hermosos ojos azules que brillaban cada vez que mirabas al moribundo sol, en tu piel, un tanto bronceada quizás por excesiva exposición al majestuoso astro que ilumina cada día de nuestras vidas, tu maravilloso cabello negro como la noche con ligeras ondas que me recuerdan al movimiento de las olas del mar. No estabas nada elegante, un simple pantalón corto, una camiseta y descalzo sintiendo la arena entre tus pies.
Fue entonces cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez y supimos que no podríamos dejar de mirarnos nunca más, nos atamos el uno al otro, tú clavaste tus ojos de cielo en mí y yo mis ojos de noche en ti, tuvimos la certeza de que nos pertenecíamos, de que después de tanto buscar al fin nos encontramos.
Sin darme cuenta apareciste a mi lado, preguntaste mi nombre y tomaste mi mano, yo te respondí y dijiste que era el nombre más dulce que habías escuchado, miraste mis ojos, dijiste que tenía una mirada profunda de aquellas que hacen perder la razón a cualquier mortal, mi voz para ti era una dulce melodía, así como las sirenas que con su atractiva voz llevaban a la perdición a los marinos, te perdías en cada palabra que pronunciaba llevándote al delirio y a la adicción.
Fue todo tan repentino, sin duda un amor a primera vista que sería sempiterno. Aquella tarde caminamos juntos por la orilla cogidos de la mano como esos enamorados que cuentan varios años juntos, nadie creería que teníamos apenas una hora de habernos conocido.
Y así, cada encuentro fugaz de este amor se daría todas las tardes en la misma playa, nuestra playa, testigo del profundo amor adolescente, del primer amor, del verdadero. Recuerdo nuestros dulces besos, como besabas primero mi frente con una ternura inigualable, me abrazabas y luego besabas mi mejilla de la manera más sútil y romántica, después mirabas mis ojos, me susurrabas al oído te amo con esa voz que me hipnotizaba, cogías con tus robustas manos delicadamente mi rostro, te acercabas despacio y besabas mis labios, como si no hubiera un mañana, como si fuéramos los únicos sobre la faz de la tierra, nos sumergíamos en un mar de amor y explotaba nuestro corazón de tanta emoción, y digo nuestro porque éramos uno sólo, un sólo corazón latiendo y compartiendo el mismo maravilloso sentimiento.
Todo era perfecto, el mejor verano de nuestras vidas, pero sabíamos que algún día iba a terminar, quizás nuestro amor seguiría intacto, mas bien sabíamos lo perversas que pueden llegar a ser las parcas y lo mucho que se divierten con los hilos de la vida de nosotros los mortales, quizás en uno de sus juegos decidían separarnos, pero no por eso acabaría nuestro amor.
El último día de verano nos encontramos en nuestra playa, decidimos que sea en la noche, pues tú tenías que cumplir la voluntad de tu padre, aquella de estudiar en el extranjero, ni tú, ni yo podíamos hacer nada, sólo me quedaba esperar por ti y seguir amándote como siempre. Entonces ese día fue nuestra despedida tan amarga, tan dolorosa, como si centenares de espinas se clavaran en nuestros jóvenes e inexpertos corazones, con lágrimas inundando nuestros ojos, te acercaste a mí y una vez más susurraste a mi oído lo mucho que me amabas, yo te mire, te besé la mejilla y te dije que jamás volvería a amar a nadie como te amé y te amo a ti.
Mirábamos la luna que nos acompañaba y trataba de iluminar la profunda oscuridad que invadía nuestros corazones; desde aquella tarde en la que nos conocimos supimos que esto pasaría, el dolor estaba implícito y sabíamos que sufriríamos esta crueldad del destino, mas esto jamás nos desanimó y aunque vaticinábamos aquella tristeza también teníamos la absoluta certeza de que nuestro amor sobreviviría y que si en esta vida no realizábamos nuestro amor, teníamos a la eternidad de nuestro lado.
Me prometiste que volverías por mí, que nos casaríamos, yo te callé con un beso y te dije con la voz un tanto quebrada, que no prometas nada, que vivas tu vida, que busques tu felicidad, que yo siempre te esperaré, no hacía falta que me lo pidieras, pero tampoco quería que vivas atado a una promesa que probablemente nunca llegues a cumplir.
Me levanté despacio, admiraste el vestido blanco que con tanta ilusión había comprado para que me recuerdes hermosa y perfecta como siempre me decías, tomé tu mano y tú la mía, la besaste y la acercaste a tu pecho, yo te miré a lo ojos, en los cuales siempre me perdía, acaricié tu rostro y la escasa barba que decidiste dejarte porque pensabas que se te veía bien y pues así era, debo confesarte que me gustaba. En aquel momento no podía evitar que las lágrimas salieran de mis ojos, trataste de calmarme y me cantaste como lo solías hacer, cantaste nuestra canción, esa que amábamos y que me dedicaste una tarde mientras tocabas la guitarra para mí a orillas del mar.
Te dije que después de otros cincuenta veranos nos volveríamos a encontrar, ahí en el mismo lugar y de la misma forma en la que nos conocimos, luego me despedí, me besaste, me cogiste de la cintura, cosa que amabas hacer mientras yo jugaba a zafarme de tus cálidos brazos, los cuales siempre desvanecían el frío de mi cuerpo, tú sabías perfectamente que era sólo un juego porque yo quería permanecer atada a ellos por siempre.
Nuestro último beso fue el más doloroso y el más sublime, acompañado de las lágrimas saladas que brotaban de nuestros ojos y recorrían nuestras mejillas, de una triste sonrisa que resultó del dolor del adiós y de la alegría por saber que nuestro amor sería eterno. Nos trasladamos a nuestro universo, nos abrazamos muy fuerte y no nos dijimos adiós, fue un simple y melancólico hasta luego, tomaste mi mano por última vez y lentamente me fui alejando de ti, di media vuelta y seguí mi camino acompañada del dolor y del frío que empezaba a calar mis huesos. Miré por última vez y ya únicamente veía tu espalda.
Desde aquel día mi vida se convirtió en un perenne invierno, frío, oscuro y triste. Tuve muchas alegrías durante mi paso por este mundo, pero ninguna se comparó jamás contigo. Como lo supuse nunca volviste, pero yo juré esperarte por siempre, aunque no volviste, yo sabía que tu corazón aún latía por mí.
Hoy ya se cumplen 50 años desde aquel adiós, estoy aquí sentada al pie de mi ventana, viendo a la gente pasar, a la calle y su algarabía, estoy tomando un café mi fiel compañía de cada tarde; decidí salir y pasear por la playa como solía hacerlo en mi juventud, era el último día de verano, no podía desperdiciarlo, me puse un vestido blanco, me arreglé un poco y fui a mi playa, a la playa de mi vida, donde cada grano de arena encerraba mi alma. Salí sin buscar nada, ni a nadie, simplemente quería volver a ver el crepúsculo vespertino u ocaso similar a la etapa de la vida en la cual estoy entrando, hace ya muchos años que no lo admiraba. Mientras caminaba, vi un hombre, muy simpático, de cabellera blanca, vi sus ojos y automáticamente reconocí aquella mirada que me enamoró hace medio siglo, sí, eras tú mi dulce amor, entonces igual que la primera vez, también me miraste y me reconociste, aceleraste el paso y llegaste hasta mí, nos miramos durante algunos minutos permanecimos inmutados sin poder pronunciar una sola palabra, luego interrumpiste el silencio diciendo mi nombre con tanta dulzura y tanto amor como antes, yo pronuncié el tuyo con la misma ilusión de siempre, una vez más tomaste mis manos y me susurraste al oído un tierno te amo.
Me explicaste todo lo que había ocurrido en tu vida, el por qué de tu larga ausencia, pero me aclaraste que siempre fui tu amor, que jamás me olvidaste, esto revivió el corazón que yacía inerte dentro de mi pecho. Yo te confesé un par de cosas como que te esperé tal cual te prometí alguna vez y que no hubo un minuto de mi vida que haya dejado de pensar en ti. Fue en aquel momento que nos fundimos en uno de esos besos que nos roban el aliento y nos transportan a un lugar especial donde sólo existimos nosotros, nosotros los mismo de hace 50 años, hoy ya nos acercamos a nuestra séptima década y en el ocaso de nuestras vidas nos volvimos a encontrar.
Siempre lo supimos y siempre lo esperamos, un día como hoy hace 50 años nos despedimos, y ahora nos volvemos a decir hola, pero esta vez no habrá adiós, esta vez no existirá el dolor, viviremos lo que nos queda de vida juntos como siempre debió ser. Sí, vencimos, nuestro amor fue más fuerte, logró derrotar al destino, al tiempo, sobrepasó las barreras existentes, y ahora veremos cada atardecer, cada amanecer y cada anochecer juntos y así será por siempre. Ahora sé que el primer amor suele ser el verdadero, antes de ti no hubo nadie y después de ti tampoco; siempre fuiste tú, mi primer y único amor.