Morí hace algún tiempo atrás, lo que equivaldría a cinco años terrenales, que desde donde yo estoy no son nada, porque aquí no existe el tiempo.
Camino por un largo sendero blanco, hermosas flores lo adornan, son de todo tipo, tamaño y color. No me quejo de este lugar, pero no hay paz absoluta, y no es donde quiero estar, todos los que caminamos por aquí tenemos un "asunto pendiente" que no nos permite llegar a ese espacio soñado que está detrás del gran portón dorado, donde encontraremos sosiego eterno y nada inquietará nuestras almas.
Ahora bien, mi "asunto pendiente" tiene nombre, es mi amado esposo Roberto, nunca quise dejarlo pero la muerte me ganó, no estaba en mis planes esto, yo quería vivir a su lado y morir cuando ya tengamos nietos, en el ocaso de la vida como es normal, pero así es el destino, perverso y destructor de sueños.
Se me ha concedido visitarlo y solucionar todo aquello que deje pendiente, hicieron una excepción conmigo y esto fue gracias a que durante mi vida en la tierra procuré hacer las cosas bien y en beneficio de los demás.
Son las dos de la madrugada y soy incorpórea, como si fuera parte del viento, tengo impregnado el olor a rosas y la túnica blanca que me entregaron cuando llegué, el cabello suelto y frondoso, pero mi mirada sigue siendo la misma y mi amor por Roberto no ha muerto.
— ¡Ahí está mi amado! Duerme como un niño recién nacido —exclamé y suspiré.
Ahí estaba dormido, sin imaginar que yo estaba observándolo, como solía hacer cada noche, velando sus sueños. Me acosté de mi lado de la cama, que por suerte estaba libre, no hice ruido alguno, fui lo más sigilosa posible, sonreí al ver que seguía durmiendo de la misma manera con su mano debajo de su mejilla, con aquella ligera sonrisa, y un suave ronquido. No podía creer que estuviera ahí de nuevo junto a él, acaricié su rostro, aunque claro no lo sintió porque soy sólo un espíritu.
De repente empezó a mover un poco su nariz como cuando olía algo, quizás fue el intenso aroma a rosas que lo inquietó, entonces lentamente fue abriendo los ojos, aquellos ojos que aún me hacen delirar, y apenas los abrió por completo dio un salto y casi cae de la cama, luego del "shock", empezó a derramar un par de lágrimas, mientras se dibujaba una enorme sonrisa en su rostro.
— ¡¿Eres tú?! —se acercó lentamente— ¡Cristina! ¡Mi amor! —no paraba de reír y llorar.
- Sí, soy yo, la Cristina de siempre, tu esposa. —le contesté con dulzura, mientras lo miraba fijamente a los ojos.
— Amor mío, te he extrañado tanto, la vida ha sido muy difícil sin ti —suspiró— Dime, ¿Cómo así has venido a visitarme?
— ¿Acaso no te alegra que esté aquí?
— Claro que me alegra amor, ¿Por qué preguntas eso?
— Porque me pareció que no te agradaba mucho la idea de que esté aquí.
— ¡¿Qué?! —soltó unas cuantas carcajadas— Ay amor, sigues tergiversando lo que digo —No paraba de reír.
— Sí, sigo siendo la misma, la muerte sólo me alejó de mi cuerpo, pero mi esencia es la misma.
— Pues me alegro, porque fue de esa esencia de la cual me enamoré y sabes perfectamente que es así.
— Sí, pero ahora tú quieres a alguien más ¿no?— bajé la mirada.
— No, tú sabes que nadie jamás ocupará tu lugar.
— ¿Y la joven de tu trabajo?
— Estefanía es una gran amiga, ella siente algo por mí y me atrae, pero jamás amaré a nadie como te amo a ti y lo sabes.
— No creo lo que me dices.
— Pues que mal, siempre fuiste un tanto desconfiada, mas lo que te digo es verdad, a ti nunca te mentí, ni te mentiré.
— Mmm... Esta bien, como tú digas.
— Amo cuando te pones celosa, ¿sabías? Amo tu ceño fruncido, tu mirada se transforma en su totalidad, tus respuestas son una serie de monosílabos mientras te entretienes mirando a cualquier otro lugar menos a mí.
— Pero, ¿Quién está celosa aquí? Tú tienes derecho a rehacer tu vida, jamás me opondré mi amor, debes buscar tu felicidad.
— Aunque no lo quieras admitir estás celosa y ambos lo sabemos. Quizás tengas razón, pero siento que no sería lo más justo con la otra persona porque no le ofrecería aquel amor verdadero, pues ese sólo te pertenece a ti.
— Está bien, como tú quieras, sólo anhelo tu felicidad.
— Amor, la vida se volvió gris desde que te fuiste, pero tu recuerdo y las cosas maravillosas que vivimos me dan la fortaleza para seguir caminando.
— Recuérdame, pero tienes que rehacer tu vida... Yo te estaré esperando, siempre, por toda la eternidad.
— Está bien, te prometo que lo intentaré, sólo porque tú me lo pides, además pienso que Estefanía es una buena mujer, cierto?
— Así es, mi amor.
Ambos nos miramos con el mismo amor de siempre, nos besamos, aunque no podría ser totalmente real, siendo yo un simple espíritu y él atrapado en aquel cuerpo mortal con el que compartí las horas más felices de mi vida.
Una vez más le supliqué que rehiciera su vida y que no renuncie al amor, ni a las nuevas oportunidades que le daba la vida. Él acarició ligeramente mi fantasmal mejilla, mientras yo me volvía a perder en su mirada como lo primera vez que lo vi.
Dicho todo esto, el aroma a rosas volvió encenderse dentro de la habitación, era intenso, celestial. Era hora de regresar, con la diferencia de que ya había resuelto mis "asuntos pedientes" y podría alcanzar la paz que mi alma anhelaba.
Alguna extraña fuerza me apartó de mi amor, nos dijimos lo mismo que nos decimos siempre: Hasta luego, mi cielo.
Mientras estuve viva te amé, ahora aún después de la muerte te sigo amando Roberto... Hasta luego, mi cielo, en cada lluvia me encontrarás y no olvides que Bóreas, Euro, Noto y Céfiro siempre te hablarán de mí. Recuerda no es un adiós, es un... Hasta luego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario