lunes, 23 de enero de 2012

La playa de mi vida

Y todo comenzó no hace mucho, hace no más de 50 años, sí 50 años que son tan pocos comparados con lo que puede durar el amor, una eternidad.
Hace 50 años te conocí en esta playa, nuestra playa, era un hermoso atardecer de verano, el sol empezaba su camino para ocultarse detrás del horizonte, el cielo se tornaba de un naranja intenso, una suave brisa tocaba los cuerpos que caminaban en la cálida arena, y la dulce melodía de las olas.
En aquel paradisíaco paisaje estabas tú, te vi y automáticamente desaparecieron las escasas personas que estaban alrededor, me enfoqué en tus hermosos ojos azules que brillaban cada vez que mirabas al moribundo sol, en tu piel, un tanto bronceada quizás por excesiva exposición al majestuoso astro que ilumina cada día de nuestras vidas, tu maravilloso cabello negro como la noche con ligeras ondas que me recuerdan al movimiento de las olas del mar. No estabas nada elegante, un simple pantalón corto, una camiseta y descalzo sintiendo la arena entre tus pies.
Fue entonces cuando nuestras miradas se cruzaron por primera vez y supimos que no podríamos dejar de mirarnos nunca más, nos atamos el uno al otro, tú clavaste tus ojos de cielo en mí y yo mis ojos de noche en ti, tuvimos la certeza de que nos pertenecíamos, de que después de tanto buscar al fin nos encontramos.
Sin darme cuenta apareciste a mi lado, preguntaste mi nombre y tomaste mi mano, yo te respondí y dijiste que era el nombre más dulce que habías escuchado, miraste mis ojos, dijiste que tenía una mirada profunda de aquellas que hacen perder la razón a cualquier mortal, mi voz para ti era una dulce melodía, así como las sirenas que con su atractiva voz llevaban a la perdición a los marinos, te perdías en cada palabra que pronunciaba llevándote al delirio y a la adicción.
Fue todo tan repentino, sin duda un amor a primera vista que sería sempiterno. Aquella tarde caminamos juntos por la orilla cogidos de la mano como esos enamorados que cuentan varios años juntos, nadie creería que teníamos apenas una hora de habernos conocido.
Y así, cada encuentro fugaz de este amor se daría todas las tardes en la misma playa, nuestra playa, testigo del profundo amor adolescente, del primer amor, del verdadero. Recuerdo nuestros dulces besos, como besabas primero mi frente con una ternura inigualable, me abrazabas y luego besabas mi mejilla de la manera más sútil y romántica, después mirabas mis ojos, me susurrabas al oído te amo con esa voz que me hipnotizaba, cogías con tus robustas manos delicadamente mi rostro, te acercabas despacio y besabas mis labios, como si no hubiera un mañana, como si fuéramos los únicos sobre la faz de la tierra, nos sumergíamos en un mar de amor y explotaba nuestro corazón de tanta emoción, y digo nuestro porque éramos uno sólo, un sólo corazón latiendo y compartiendo el mismo maravilloso sentimiento.
Todo era perfecto, el mejor verano de nuestras vidas, pero sabíamos que algún día iba a terminar, quizás nuestro amor seguiría intacto, mas bien sabíamos lo perversas que pueden llegar a ser las parcas y lo mucho que se divierten con los hilos de la vida de nosotros los mortales, quizás en uno de sus juegos decidían separarnos, pero no por eso acabaría nuestro amor.
El último día de verano nos encontramos en nuestra playa, decidimos que sea en la noche, pues tú tenías que cumplir la voluntad de tu padre, aquella de estudiar en el extranjero, ni tú, ni yo podíamos hacer nada, sólo me quedaba esperar por ti y seguir amándote como siempre. Entonces ese día fue nuestra despedida tan amarga, tan dolorosa, como si centenares de espinas se clavaran en nuestros jóvenes e inexpertos corazones, con lágrimas inundando nuestros ojos, te acercaste a mí y una vez más susurraste a mi oído lo mucho que me amabas, yo te mire, te besé la mejilla y te dije que jamás volvería a amar a nadie como te amé y te amo a ti.
Mirábamos la luna que nos acompañaba y trataba de iluminar la profunda oscuridad que invadía nuestros corazones; desde aquella tarde en la que nos conocimos supimos que esto pasaría, el dolor estaba implícito y sabíamos que sufriríamos esta crueldad del destino, mas esto jamás nos desanimó y aunque vaticinábamos aquella tristeza también teníamos la absoluta certeza de que nuestro amor sobreviviría y que si en esta vida no realizábamos nuestro amor, teníamos a la eternidad de nuestro lado.
Me prometiste que volverías por mí, que nos casaríamos, yo te callé con un beso y te dije con la voz un tanto quebrada, que no prometas nada, que vivas tu vida, que busques tu felicidad, que yo siempre te esperaré, no hacía falta que me lo pidieras, pero tampoco quería que vivas atado a una promesa que probablemente nunca llegues a cumplir.
Me levanté despacio, admiraste el vestido blanco que con tanta ilusión había comprado para que me recuerdes hermosa y perfecta como siempre me decías, tomé tu mano y tú la mía, la besaste y la acercaste a tu pecho, yo te miré a lo ojos, en los cuales siempre me perdía, acaricié tu rostro y la escasa barba que decidiste dejarte porque pensabas que se te veía bien y pues así era, debo confesarte que me gustaba. En aquel momento no podía evitar que las lágrimas salieran de mis ojos, trataste de calmarme y me cantaste como lo solías hacer, cantaste nuestra canción, esa que amábamos y que me dedicaste una tarde mientras tocabas la guitarra para mí a orillas del mar.
Te dije que después de otros cincuenta veranos nos volveríamos a encontrar, ahí en el mismo lugar y de la misma forma en la que nos conocimos, luego me despedí, me besaste, me cogiste de la cintura, cosa que amabas hacer mientras yo jugaba a zafarme de tus cálidos brazos, los cuales siempre desvanecían el frío de mi cuerpo, tú sabías perfectamente que era sólo un juego porque yo quería permanecer atada a ellos por siempre.
Nuestro último beso fue el más doloroso y el más sublime, acompañado de las lágrimas saladas que brotaban de nuestros ojos y recorrían nuestras mejillas, de una triste sonrisa que resultó del dolor del adiós y de la alegría por saber que nuestro amor sería eterno. Nos trasladamos a nuestro universo, nos abrazamos muy fuerte y no nos dijimos adiós, fue un simple y melancólico hasta luego, tomaste mi mano por última vez y lentamente me fui alejando de ti, di media vuelta y seguí mi camino acompañada del dolor y del frío que empezaba a calar mis huesos. Miré por última vez y ya únicamente veía tu espalda.
Desde aquel día mi vida se convirtió en un perenne invierno, frío, oscuro y triste. Tuve muchas alegrías durante mi paso por este mundo, pero ninguna se comparó jamás contigo. Como lo supuse nunca volviste, pero yo juré esperarte por siempre, aunque no volviste, yo sabía que tu corazón aún latía por mí.
Hoy ya se cumplen 50 años desde aquel adiós, estoy aquí sentada al pie de mi ventana, viendo a la gente pasar, a la calle y su algarabía, estoy tomando un café mi fiel compañía de cada tarde; decidí salir y pasear por la playa como solía hacerlo en mi juventud, era el último día de verano, no podía desperdiciarlo, me puse un vestido blanco, me arreglé un poco y fui a mi playa, a la playa de mi vida, donde cada grano de arena encerraba mi alma. Salí sin buscar nada, ni a nadie, simplemente quería volver a ver el crepúsculo vespertino u ocaso similar a la etapa de la vida en la cual estoy entrando, hace ya muchos años que no lo admiraba. Mientras caminaba, vi un hombre, muy simpático, de cabellera blanca, vi sus ojos y automáticamente reconocí aquella mirada que me enamoró hace medio siglo, sí, eras tú mi dulce amor, entonces igual que la primera vez, también me miraste y me reconociste, aceleraste el paso y llegaste hasta mí, nos miramos durante algunos minutos permanecimos inmutados sin poder pronunciar una sola palabra, luego interrumpiste el silencio diciendo mi nombre con tanta dulzura y tanto amor como antes, yo pronuncié el tuyo con la misma ilusión de siempre, una vez más tomaste mis manos y me susurraste al oído un tierno te amo.
Me explicaste todo lo que había ocurrido en tu vida, el por qué de tu larga ausencia, pero me aclaraste que siempre fui tu amor, que jamás me olvidaste, esto revivió el corazón que yacía inerte dentro de mi pecho. Yo te confesé un par de cosas como que te esperé tal cual te prometí alguna vez y que no hubo un minuto de mi vida que haya dejado de pensar en ti. Fue en aquel momento que nos fundimos en uno de esos besos que nos roban el aliento y nos transportan a un lugar especial donde sólo existimos nosotros, nosotros los mismo de hace 50 años, hoy ya nos acercamos a nuestra séptima década y en el ocaso de nuestras vidas nos volvimos a encontrar.
Siempre lo supimos y siempre lo esperamos, un día como hoy hace 50 años nos despedimos, y ahora nos volvemos a decir hola, pero esta vez no habrá adiós, esta vez no existirá el dolor, viviremos lo que nos queda de vida juntos como siempre debió ser. Sí, vencimos, nuestro amor fue más fuerte, logró derrotar al destino, al tiempo, sobrepasó las barreras existentes, y ahora veremos cada atardecer, cada amanecer y cada anochecer juntos y así será por siempre. Ahora sé que el primer amor suele ser el verdadero, antes de ti no hubo nadie y después de ti tampoco; siempre fuiste tú, mi primer y único amor.