El camino era oscuro, lleno de espinas. Qué ambiente tan lóbrego, qué rumbo tan incierto.
El alma sentía el rechazo permanente, el dolor de hacer lo indebido. El remordimiento, la angustia punzante. Creer de la manera más ingenua posible que la venganza era la cura a las heridas.
Qué craso error, pero cómo ver entre tanta oscuridad, uno se vuelve ciego, sordo y mudo, uno cree que puede solo, que reclamar ayuda en algo, que torturarse pensando en las razones lógicas aplaca tu ignorancia y da paz a tu corazón inquieto. No, solo te inquieta más, te destruye de a poco creerte un übermensch.
Llegué al fondo del abismo, la soledad me abrazaba y traía dolor consigo, me hacía prisionera de sentimientos mundanos y los días dejaron de ser felices. Cansada de luchar sola, me dejé arrastrar y repté por el camino lleno de piedras, cada una lastimaba mi cuerpo. Lo acepté porque creí merecerlo, creí que así llegaría al objetivo, creí que era la única manera de salir de tanta inmundicia.
Entre tanta pena, un rayo de luz, una respuesta inesperada. Encontré lo que no sabía que estaba buscando. Alcé la mirada, y debió ser lo más hermoso que vi en mi vida porque me caló hasta los huesos, el corazón me ardía en llamas y no se quemaba. Qué inexplicable sensación, qué maravilloso lo que vino después. Era un hombre, un hombre que me tendía la mano, con una sonrisa radiante y dulce, con una mirada compasiva y llena de amor.
Cómo un hombre así podía intentar ayudar a alguien como yo, qué locura. Solo pude bajar la mirada y esperar a que se vaya. Qué sorpresa cuando descendió hasta mí y me abrazó, me abrazó con todo el amor del universo existente, con un amor que solo pudo ser concebido por Dios desde antes de la existencia. Y lloré, no sé aún si de una felicidad triunfal o de un arrepentimiento espantoso.
Él se quedó allí, él cuando todos se marcharon, cuando todos me permitieron sucumbir y no fingieron ni siquiera querer rescatarme, cuando decidí escuchar palabras necias, cuando me dejé seducir por las vanidades que ofrece el mundo. Él se quedó allí, incluso cuando yo lo abandoné, cuando yo le di la espalda y me alejé. Él me amó ese y todos los días desde antes de que naciera y hasta el fin de los tiempos. Él me amó y me esperó con infinita paciencia cada segundo, cada vez que yo le faltaba el respeto, cada vez que yo ponía en tela de duda su poder. Él me amó y sabía que volvería a él, porque nunca dejó de buscarme ni un solo jodido segundo, porque el pastor fue tras su ovejita descarriada. Él esperó a que me diera cuenta de que él nunca se rindió conmigo, que siempre tenía los brazos abiertos para cuando decidiera volver, con toda la misericordia y amor que solo él puede tener. Él lo sabía, desde antes que naciera, cada paso me llevaba a él, incluso ese camino terrible que regeneró mi fe, mi amor, lo volvió inquebrantable, imperecedero. Él me perdonó aun cuando ni yo misma me perdonaba.
Y todos los días fueron felices desde aquel, nunca más la soledad fue una enemiga o una cosa amarga que se debía evitar, porque él estaba a mi lado, escuchando las cosas más tontas que tenía para contarle, demostrándome que él está en los detalles, haciéndome entender que su poder es inconmensurable, que su misericordia se desprende del amor. Él es mi mejor convicción, es la decisión que tomo todos los días sin dar marcha atrás. Son todos los compromisos que tomé con él los que me han vuelto la persona que soy ahora, él sabe lo difícil que es, pero si él no se rindió conmigo, ¿por qué lo haría yo?
Estoy enamorada y soy correspondida, después de buscar el amor en los lugares equivocados, acerté. Qué paz, qué felicidad. Mi confianza es toda suya, espero pacientemente en él y acepto su voluntad porque sé que me ama y trazará el mejor camino. Quiero ser luz, y hablarle a todos de él. No necesito nada más, no quiero nada más, en él encontré la calma que siempre busqué. Es el sol alrededor del cual gira mi vida.
Es realmente el camino, la verdad y la vida. Él es Dios.