Te extraño, no sé si a ti, o a quien yo creí que eras. Extraño tu fija mirada en mí, el fuego de tus ojos incendiando cada espacio de mi ser, y los besos con las miradas clandestinas que me elevaban a la estratósfera a un lugar lejos de este mundo, a otra realidad, a la auténtica quizás, donde tú no te alejas de mí jamás y yo soy inmortal.
Extraño la manera en que tratabas de tranquilizarme cuando mi volcán estaba a punto de estallar y cómo olvidar tu sonrisa dulce y burlona al ver mi rostro completamente transfigurado por el enojo, era único, era perfecto. Extraño nuestras discusiones, realmente infantiles y sin sentido, cual dos enamorados que disfrutan de molestar al otro sólo porque adoran ver sus expresiones de disgusto.
Extraño tus locuras, esas que lograban dibujar mil sonrisas en mi rostro, haciendo que mis esfuerzos por ser seria contigo resultaran absolutamente inútiles.
Extraño tus manos anhelando rozar las mías o mi cintura, y yo ágilmente esquivándolas, era un juego y ambos lo disfrutábamos.
Tengo la seguridad de que algún día, no sé cómo ni cuándo, mucho menos el por qué, nos volveremos a ver y no haré otra cosa que abrazarte, y no soltarte nunca más.
Eres imperfectamente perfecto para mí, por eso te confieso que te extraño, porque no encontraré a nadie como tú y te buscaré en cada mirada distante en la calle con la esperanza de que seas tú, el de siempre; y debo confesarte también que no es que no pueda olvidarte, es que no quiero.
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