Te extrañaré toda la vida, te pensaré toda la vida, te querré toda la vida.
Tengo que irme, no la vas a dejar y está bien (no lo acepto, pero entiendo que es lo apropiado). Tengo que irme otra vez. No quiero. Debo. No quiero soltar. No a ti.
Me retiene la seguridad en tus manos, en tus brazos, incluso en tus silencios. El amor en tus besos y tus caricias. El dolor en tus ausencias.
Eres un desastre y yo una demente por aceptarte así, mas eso nos permitió coincidir otra vez. Eso nos permitió sabernos del otro por un cortísimo periodo de tiempo, pero fuimos infinitos, eternos y entendemos que de eso va la relatividad.
Logramos encontrar un pedazo fuera de esta realidad, un recoveco en ese café al que siempre miraba con el dolor de lo que no fue y pudo ser. Nos dejamos seducir y arrastrar por la belleza de compartir el escenario juntos, de ser los protagonistas y nos olvidamos de las cadenas que te ataban, de que no eras libre para mí. No nos importó. Fuimos necios, sordos, inconscientes y aun así tenemos la certeza de que una vida feliz junto a otra persona no equivale a cuatro horas juntos en nuestro recoveco, entrelazando manos (y destinos), reduciendo al mínimo las miradas delatoras, la enajenación en cada beso. Creo que tienes razón, cada momento juntos era un atisbo de valhalla.
La vida nos odia ciertamente, siempre nos separa, pero mira tú, siempre la burlamos, dejamos migajas de pan para volver a donde pertenecemos: tú a mí y yo a ti.
Te esperaré, Rodolfo, aunque la vida siga, aunque la vida se me vaya estando con copias baratas tuyas. Te esperaré cada junio o cada febrero. Te espero de este lado, por si un día decides quedarte para siempre.
Ya ves, ese diciembre no fue un adiós definitivo.
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